24 de diciembre de 2015

EL SINDROME O SÍNDROME DE LA ATLANTIDA. por: Alfredo Coronil Hartmann, LA CABILLA.COM / pararescatarelporvenir.blogspot.com 24 de dicembre de 2015



EL SINDROME O SÍNDROME DE LA ATLANTIDA.
 
por: Alfredo Coronil Hartmann
 
Desde hace algún tiempo he venido diciendo –no lo había querido escribir- que por el camino que llevábamos estos 912.050 Km cuadrados que solemos o solíamos llamar Venezuela, iban a padecer el síndrome de la Atlántida, es decir para referirnos a esto que tratamos de que fuese un país, tendríamos que recurrir, en términos de fabula o leyenda, siempre nimbada de ambigüedad: al “aquí hubo”, “por aquí quedaba”, “aquí existió”. Todo en pasado y en un pasado nunca asertivo…

No vamos a repujar sobre los conceptos de nación, que nunca fuimos, ni de país que no llegamos a ser, sería una pérdida de tiempo, y prefiero dejar el tiempo que me quede para escribir algunas cosas, quizá unas memorias noveladas, crónicas, Historia, que en nuestro caso y dentro del síndrome de la Atlántida, será siempre arqueología –también novelada- la Venezuela en la cual nacimos, fue el anteproyecto, el sueño de varias hornadas de ilusos de un posible país. Añoraría volver a escribir poesía, pero la realidad que me rodea es tan prosaica que temo no   lograrlo.

Un país que, de la mano de Bolívar y sus compañeros de gesta, comenzó por asesinar su pasado, negar a sus padres e inaugurar la pésima práctica de creer que el mundo, la historia, los pueblos, empiezan con cada uno de nosotros. Esa obsesión de unigenitura ha sido nuestra perdición y no es más que una pretensión banal y destructiva y además falsa, pueril, estéril…

Los “libertadores” pretendieron borrar nuestras raíces, indubitablemente mediterráneas, milenios de Historia, vivencias, tradiciones, atavismos, para sustituirlos por una religión muy deleznable, el culto a Bolívar y la creación de un hipotético legado indígena, inapreciable por inasible, si nuestros antepasados indios no llegaron ni al guayuco, apenas un peneestuche o simplemente unas tiras sosteniendo el prepucio, fueron seres pre-primitivos, antropófagos (los Caribes), sin organización social –no llegaron a clanes totémicos- cazadores y recolectores, si acaso en la región andina, los Timoto-cuicas por algún reflejo chibcha cultivaron la tierra. Y la impronta africana de los esclavos, cazados como animales en su remoto continente y sometidos a una oprobiosa servidumbre, que nada tenían que aportar, salvo su dolor y sus músculos y, desde luego, su comprensible resentimiento…

Con ese punto de “partida” falaz, anti-histórico, arrancamos de cero, el preciado acervo que trajeron –consciente o inconscientemente- poco importa, los descubridores y los conquistadores fue desdeñado y rechazado a favor del delirio de grandeza, de creer, que habíamos nacido como Minerva de la cabeza de Júpiter.

 Lo verdaderamente grave es que seguimos en cero, un personaje grotesco, digno de la picaresca, bufo e inconsistente, ya no era Bolívar, culto, refinado, conocedor de otras latitudes y experiencias, sino un pobre muchacho, intelectualmente inexistente, de “ignorancia enciclopédica” como lo solía calificar mi admirado amigo Arturo Uslar Pietri, que lo único grande que tenía era su resentimiento, el más injusto de ellos, porque en ningún otro país habría llegado donde llegó, volvió a agarrar el reloj de la Historia y nos devolvió a una comarca que, en su imaginario muy personal, debería corresponder a los preámbulos de la Guerra Federal, los comentarios que emitimos sobre él, no dan la medida de sus deficiencias, sino de las nuestras, su insignificancia es el reflejo de nuestra pequeñez, de nuestro no ser…

Creo que, lo intelectualmente honesto, no es constatar y señalar las deficiencias y la inexistencia de resultados y actitudes maduras y constructivas, no las produjimos simplemente porque no somos.

Los dos tercios de la población electoral reaccionaron ante una realidad ineludible, tangible, lacerante, condenando un estado de cosas denigrantes y vacuas, hasta allí se les podía pedir, si luego no hubo ni el atisbo de una dirigencia medianamente coherente, ni colectiva ni individualmente los “partidos” que la integran, el resultado no puede ser sino un parto de los montes. Y estamos frente a su fruto…

Un ratón, con el rostro medroso y angustiado de un ex candidato, que habiendo traicionado dos veces, no por malo sino por cobarde, la fe colectiva. Ahora parece empezar a promoverse nuevamente como fórmula alternativa. Si esa es la “formula” me quedo con los canallas convictos y confesos, pero al menos definidos.

Me estoy sintiendo apátrida, extraño al menos a esta entidad cada día más amorfa e indefinida. Sin contar las células derivadas de mis innominados antepasados indígenas, las pistas existentes me llevan al siglo XVI y las previas al descubrimiento, al menos las que conozco, se pierden en el tiempo, sea en el Dillingen, germánico y suavo, o en la Álava vascuence o en El Coronil, sevillano. A Venezuela le dimos su primer presidente y su primer Código Civil. Y con todo ello ya no sé de donde soy, sentir pertenencia exige identificación,  cada día me reconozco menos en este mazacote de incongruencias. Así me siento…

Itaca 23 de diciembre de 2015.
 
 
 

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