6 de marzo de 2016

Profanaron panteón de sacerdotes canónigos de la Catedral de Caracas, Dalila Itriago, EL NACIONAL.COM/RCL/ pararescatarelporvenir.blogspot.com 6 de marzo de 2016.

En un país profanado hasta el escarnio, en esto que queda de Venezuela, después de 17 años de destrucción sistemática, material y espiritual. Ya muy poco puede sorprender. Tuve especial afecto y amistad por Monseñor Jacinto Soto, sacerdote y ciudadano ejemplar. Nada ha sido respetado por un régimen apátrida y desnaturalizado. Esta es una muestra más de la "revolución bonita"...


Profanaron panteón de sacerdotes canónigos de la Catedral de Caracas

Profanaron panteón de sacerdotes canónigos de la Catedral de Caracas
     
En el lugar, creado en el siglo XIX para el descanso eterno de clérigos, más que restos óseos solo quedaban cenizas,
Ni la Iglesia se salva. El lunes 18 de enero el diácono Germán Machado fue recibido a tiros cuando quiso comprobar la denuncia de la profanación del panteón de los sacerdotes canónigos de la Catedral de Caracas, ubicado en el Cementerio General del Sur.
“El fin de semana del 16 y 17 de enero el panteón estaba normal porque así lo constaté cuando hice mi recorrido cotidiano. El lunes 18 un ministro de la iglesia me comentó que el sitio había sido profanado. Me acerqué por la tarde para tomar fotos y elevar la denuncia ante las autoridades eclesiásticas y me echaron plomo desde arriba. El cementerio está rodeado de muchos barrios. Así que tú no sabes de dónde vienen los tiros”, explicó el capellán del camposanto.
En total, el daño se cometió contra 80 tumbas.
La violación de las tumbas de los difuntos en el Cementerio General del Sur no es un hecho novedoso. Decenas de artículos y reportajes periodísticos se han escrito denunciando este delito.
El diácono Germán Machado cree que la profanación de las tumbas se incrementa conforme crece la crisis en el país. Comenta que hace cuatro años recibía una o dos quejas mensuales. Ahora tiene que consolar al menos a cuatro familias cada fin de semana. De hecho, afirma que todas las áreas del cementerio, desde las más prominentes hasta las más olvidadas, han sido violentadas.
“Es algo triste, doloroso, vergonzoso, pero ha estado sucediendo desde hace algunos años. También profanaron el panteón de las hermanas franciscanas, que está al lado. Y mucho antes dañaron las de las congregaciones de los jesuitas, de los salesianos y de las religiosas del San José de Tarbes”, añadió.
Machado tiene su propia explicación sobre lo ocurrido. Cree que, además de los grupos delincuenciales conocidos como los mineros, que abren las  tumbas para olfatear y extraer metales como el oro en los restos de los difuntos, y de aquellos que las revenden para nuevos entierros estaría funcionando toda una maquinaria organizada que hace profanaciones selectivas.
“Esta dinámica incluye a mujeres, pues simbólicamente ellas están asociadas a lo piadoso. Uno puede creer que están rezando frente a la tumba de un difunto y resulta que están “cantando la zona”, como dicen coloquialmente. Se trata de un mercado, como cualquier otro, que tiene demandas. Son sectas que creen que obtienen una fortaleza particular al contar con el cráneo de un difunto. Si se manejan en la categoría “de lo oscuro” buscarán los restos óseos de los homicidas que están enterrados allí. Si persiguen la protección de lo luminoso, requerirán huesos de religiosas o de sacerdotes”, agregó el capellán.
El panteón de los sacerdotes de la Catedral de Caracas, que fue creado en la misma época cuando se inauguró el Cementerio General del Sur, en 1876, ya fue reparado por la gerencia del camposanto. Pero se trata  solo de un símbolo: “Allí no dejaron nada. Más que profanación eso fue un saqueo”, sentencia Machado.

Foto: William Dumont

Solo cenizas
Monseñor Adán Ramírez es el deán de la Catedral de Caracas, decano de esa iglesia desde septiembre de 2015. Explica que el panteón, donde estaba enterrado monseñor Jacinto Soto, secretario del cardenal Quintero *, o el padre Esculpi tenía una capacidad para los restos de 30 sacerdotes: 15 fosas con 2 lugares cada una. Pero, a raíz de todas las denuncias de profanaciones, la mayoría de los familiares de los clérigos decidieron llevarse sus difuntos a sus panteones personales.
“Allí solo quedaban los restos de 10 cuerpos. Muchos de ellos convertidos en cenizas. Monseñor Ángel Nieves fue el último sacerdote enterrado ahí y eso fue hace 29 años. La Arquidiócesis de Caracas había mudado el panteón al Cementerio del Este”, informó.
Niega estar resignado, cuando se le pregunta si acudirá a alguna instancia a hacer la denuncia del delito (así lo tipifica el artículo 172 del Código Penal), y responde que no lo hará: “¿Conoceremos los responsables de estos actos, en caso de abrirse una averiguación?”. Para luego añadir que a los sacerdotes solo les queda apelar a la conciencia cristiana y recordar que los cuerpos son templos del Espíritu Santo, gracias al bautismo, y como tal deben ser respetados.
Patrimonio venido a menos
En el Cementerio General del Sur es más fácil robar los huesos de un difunto que sacar una foto. En un recorrido realizado el miércoles 2 de marzo, dos hombres vestidos de civil le indicaron al equipo de El Nacional que no se permitía tomar imágenes del camposanto, pues se trataba de un “patrimonio de la nación”.
La declaración del cementerio como Monumento Histórico Nacional, realizada en 1982 según Gaceta Oficial 32492, no es cónsona con el decadente estado del lugar. Tan solo al llegar se observa que la fuente de la entrada está cubierta por una especie de mantequilla verdosa.
Hay urnas oxidadas en las aceras del camposanto que se alternan con los hoyos que han dejado las excavaciones de las tumbas. Más que maleza abundan los matorrales secos. La tierra de los muertos está apilada en la vía y algunos vehículos se detienen para llenar unos baldes plásticos con ella.
“Tengo 62 años viviendo en la parroquia. Cuando era niño venía aquí para limpiar las tumbas y cargar las flores. Si no tomamos medidas este será un cementerio sin tumbas”, comentó Juan Osorio, miembro de Aprofamiliar, Asociación para la Promoción y Defensa de los derechos de Familiares de los difuntos.
Foto: William Dumont

Trocha de barrios
“Esto se ha convertido en la trocha que utilizan las personas para llegar a los barrios 1° de Mayo, Las Quintas, Barrio Nuevo y Barrio Sin Ley”, comentó Antonio Flores, otro vecino del sector desde hace 55 años que lamenta el deterioro del lugar. Entretanto, niños con morrales en las espaldas atraviesan la necrópolis. Van hacia el cerro yermo que está al costado derecho. Suben las escalinatas que llevan al barrio Santa Eduvigis. El cementerio cambió su apariencia, pero sigue siendo el tránsito entre la vida y la muerte.
En teoría, oficialmente hay 12 funcionarios de la Policía de Libertador, 1 patrulla y 2 motos asignadas a la custodia de las 246 hectáreas de terreno del camposanto. Pero no se ven por ninguna parte. Extraoficialmente, la justificación era que justo hasta ese día, 2 de marzo, trabajaban.
No se pudo contactar a la gerente general del Cementerio, Elvia Rojas, para preguntarle. Dos “guardias patrimoniales”, que también estaban vestidos de civil y no se identificaron, informaron que estaba reunida. Ambos pidieron al equipo reporteril que abandonara el camposanto y esperaran a la funcionaria afuera hasta que se desocupara.
Un piojo en la Cámara Municipal
La concejal de Libertador Aixa López solicitará ante la Cámara Municipal la creación de una comisión especial que se encargue de investigar las profanaciones de tumbas el Cementerio General del Sur. La peptición la hará el próximo martes y espera lograr el apoyo de sus colegas asambleístas, pues cree que se trata de un tema que le compete a toda la comunidad y que debe llamar a la reflexión al tratarse de la agresión contra los deudos sepultados en ese camposanto.
“Soy como un piojo en el zapato. Voy a insistir hasta obtener una solución. Acompañaré a esta gente hasta la Defensoría del Pueblo, donde pediremos ayuda y protección para esos espacios. Esto no es política, es un tema social que a todos nos debe importar”, asevera López.
DALILA ITRIAGO
DITRIAGO@EL-NACIONAL.COM
6 DE MARZO 2016
     
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*UN PASTOR DE SU PUEBLO.



por: Alfredo Coronil Hartmann

  Dedico este comentario  a rendirle un sentido homenaje de admiración a la memoria de un gran ciudadano,  de un hombre intachable, de un valiente venezolano,  que se llamó Jacinto Soto Marrero, quien para todos los que tuvimos el privilegio incomparable de disfrutar de su amistad y de su consejo, era simplemente monseñor Soto, cálido, comprensivo, humano, en el sentido más cabal e integral del término.

La dolorosa noticia de su muerte (1984) -no obstante que hace largo tiempo era esperada por los facultativos que lo atendieron-  se vio, por así decirlo, atemperada por el hecho de que pude leer, en algún diario, una carta al director en la cual se rebatía a un columnista que había escrito sobre nuestro amigo, en lo referente al  lugar de su nacimiento; tal hecho me demostraba que aun en la Venezuela atropellante y deshumanizada de hoy, había quienes tuvieran unas palabras de reconocimiento para el humilde gran venezolano desaparecido. Y eso dice no poco a favor de las reservas morales de nuestros connacionales.

Muchos hombres, no pocos de ellos sacerdotes, han demostrado la enorme fuerza de la humildad, una fuerza que, bajo su débil apariencia,  es capaz de conmover las más duras realidades y las más enardecidas pasiones, las circunstancias quisieron que en mi vida haya tropezado con dos seres humanos, por lo menos, que llevaron esa virtud a los límites de la santidad, uno de ellos el Dr. Arturo Celestino Álvarez, titular del "Gran Obispado de los Llanos", como entonces se designaba el hoy Arzobispado de Calabozo, el otro Jacinto Soto, Arcediano de la Catedral de Caracas. Ambos, si no existieran otras razones y otros paradigmas, bastarían para hacer respetar la Iglesia del hijo del carpintero de Nazaret, aún por el más descreído de los mortales.

Según su propio testimonio, monseñor Soto había visto la luz en San Joaquín, Estado Carabobo, el 11 de septiembre de 1896 y falleció en 1984; fueron, pues, 88 años de diaria cátedra de decencia y verdadero cristianismo. No tendría sentido hacer aquí una glosa de su “currículum vitae” por demás brillante y extenso, desde su ordenación el 8 de julio de 1923, en la iglesia de San Francisco, en Caracas, por el entonces arzobispo de la capital, Monseñor doctor Felipe Rincón González. Tuvo y mantuvo, una muy cercana amistad con nuestro primer Cardenal-Arzobispo, José Humberto Quintero, quien le confiaba los mas discretos y confidenciales quehaceres, los atendía con la misma solicitud con la cual protegió a los estudiantes presos por Juan Vicente Gómez en 1928. 

Nos interesa más que su carrera eclesiástica, la forma en que supo conciliar, sin brusquedades, su labor de pastor y su sensibilidad de ciudadano, en un tiempo histórico signado por la tiranía y la violencia. Hoy, que se discute a los más altos niveles de la jerarquía eclesiástica, el papel de los sacerdotes frente a la realidad política y social, ejemplos como el de monseñor Soto demuestran la absoluta compatibilidad del apostolado espiritual  y de la solidaridad social para con sus hermanos más oprimidos, ya sea por la miseria o por las policías políticas.
En efecto, entre 1923 y 1936, fueron muchas las oportunidades en las cuales el humilde sacerdote, con una  sonrisa en los labios, llevó consuelo espiritual y material a los perseguidos y prisioneros, así como a sus familiares, durante la dictadura de Juan Vicente Gómez. Como párroco de Cúa, de El Hatillo, y especialmente de Guatire, desde el 27 de agosto de 1927 hasta enero de 1930, o en Antímano o en La Pastora -desde 1931 a 1936— su actitud fue siempre consecuente y digna, con una firmeza sin estridencias. Los  años de la  dictadura perezjimenista no hicieron sino reavivar su fe democrática y dio nuevas pruebas de civismo.

Yo lo conocí, hace ya muchos años, me lo presentó Rómulo Betancourt, quien le profesaba un enorme respeto y sincero afecto. Desde entonces entablamos una amistad diáfana, que no necesitaba de un trato continuo y en la que encontré aliento y guía en mi manera, un tanto personal, de ser católico, bautizó a mi hija y a un hermano a quien apadriné en su confirmación, y debo reconocer que, en ambos casos, no lo busqué sólo por sacerdote, sino por el respeto que me inspiraba como hombre. Estoy seguro de que en ambas calidades ha sido recompensado.

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