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2 de mayo de 2016

ANGELUS NOVUS, por: Antonio Sánchez García, @sangarccs / pararescatarelporvenir.blogspot.com 2 de mayo de 2016






Todos los pueblos, escribió Alexis de Tocqueville, cargan con un gravísimo pecado original. Y ese pecado original les pesará por los siglos de los siglos. El nuestro fue el de renegar de los doctores y enaltecer a los guerreros. Despreciar la pluma y adorar las lanzas. Repudiar la cátedra y admirar los cuarteles. Ansiar la vida y provocar la muerte.
Asómese a la ventana: verá los resultados.


Antonio Sánchez García @sangarccs

“Divino es sólo aquel que sabe vencerse a si mismo. La mayoría ve la ruina ante sus propios ojos, pero se precipita en ella.”
 Leopoldo von Ranke (Alemania, 1795-1886)

            
En 1920, el gran pintor suizo Paul Klee dibujó una acuarela con tiza y tinta china sobre papel que llamó Angelus Novus.  Nada más verlo, el joven pensador judío berlinés Walter Benjamin – tenía entonces 28 años - cayó extasiado. Lo adquirió, lo llevó consigo tanto como pudo hasta que finalmente, en su desesperada huida del nacionalsocialismo, se lo dio a guardar a uno de sus amigos judíos de la Escuela de Frankfurt. Veía en él, maravillosamente expresada, la tragedia del horror que se cernía sobre Europa como una avalancha de maldad y crueldad infinita.

 Su interpretación quedó consignada en unos apuntes que retratan su visión de la historia: “Hay un cuadro de Klee (1920) que se titula Ángelus Novus. Se ve en él a un Ángel al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava su mirada. Tiene los ojos desencajados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la Historia debe tener ese aspecto. Su cara está vuelta hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero una tormenta desciende del Paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte que el ángel no puede plegarlas… Esta tempestad lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas mientras el cúmulo de ruinas sube ante él hacia el cielo. Tal tempestad es lo que llamamos progreso”.

         Apostrofando esa interpretación, ese ángel de la historia, imaginado en Venezuela y arrastrado hacia el futuro por la fuerza cósmica e inevitable de la naturaleza más que por la fuerza racional, espiritual, consciente de la historia, miraría hacia un pasado de barbarie y dictaduras que llega hasta el cielo. Con una brutal diferencia respecto del Angelus Novus de Klee interpretado por Benjamin: la tempestad que le ata las alas no es el progreso: es la regresión bolivariana, es el caudillismo militarista, es la ignorancia y el salvajismo de una sociedad que repudió desde su nacimiento la posibilidad de entregarse a la civilidad. Que urgida por los caprichos y el voluntarismo mesiánico de sus aristocracias prefirió la guerra a la paz, la violencia al entendimiento, la muerte a la vida. Para, al cabo de la proeza y consumida por el apuro, reconocer el monstruoso error cometido: “quién podrá negar que éramos felices y disfrutábamos de la paz colonial. Mientras que ahora, sacrificados todos esos bienes por tenerlos mejores, nos consume el horror de la guerra y el caos”. Lo dijo, palabras más palabras menos, al borde de la muerte, el máximo responsable de su propia tragedia, que por siglos sería la de todos, Simón Bolívar.

            Doscientos años venerando al máximo responsable de esa monstruosa acumulación de ruinas negándose a citar su atribulado testamento, pues de hacerlo, el esperpéntico edificio de sus delirios, la república construida sobre ese desafuero, dejaría los graves defectos de su obra al desnudo. Sólo la frágil civilidad construida a pesar de la médula militarista, autocrática, violenta y bárbara  que la determina, esa sangre, ese sudor y esas lágrimas derramadas por los  vencidos sobre el filo de los machetes, las lanzas y las espadas, los fantasmas de la muerte travestidos de Angelus Novus que deambulan por los campos de batalla de nuestras incontables y miserables gestas de la nada,  ha permitido que asomemos la cabeza por sobre el pantanal africano de nuestras determinaciones ancestrales.

            Los demócratas de hoy no somos herederos de Bolívar. Ni de los lanceros y macheteros que volvieron caras. Somos los dolientes, así lo ignoremos,  de las decenas y decenas de miles de cadáveres provocados por la Guerra a Muerte. Si mal se cuenta, medio millón de seres humanos de uno y otro bando si sumamos las víctimas de la llamada Guerra de Independencia con las provocadas por la llamada Guerra Federal y aderezadas por la peste, los descalabros telúricos, los infortunios de la naturaleza. Pero, por lo visto a posteriori, tal cantidad de cadáveres no fue suficiente como para saciar la voracidad de la barbarie. Guardamos el triste privilegio, ese sí merecedor de un premio Guiness, de ser doscientos años después el país más violento del mundo, aquel en que la cifra de homicidios se ha unido a la de la inflación y el desabastecimiento para convertirnos en la sociedad más miserable de la tierra.

            ¿A quién le importaron esas abrumadoras, inmensas mayorías exterminadas que no tenían el más mínimo interés en embarcarse en la aventura de la República, un sortilegio, una mesiánica aventura y una ilusión tornasolada de la que no se tenía la menor idea? Cuyos protagonistas no se embarcarían en la guerra en razón de algún  ideal patriótico sino a cambio de las mismas recompensas a las que aspiraban cuando le caían a saco a los sectores pudientes de la pobre sociedad criolla. Exactamente como ahora: mi voto por una gallina. Entonces el intercambio de favores y compromisos era más grave: asesinar unos realistas a cambio de tierras.

¿Quiénes habían leído a Voltaire y a Montesquieu en Valle de la Pascua y en Caicara del Orinoco? ¿Quiénes habían oído hablar de Maximilien François Marie Isidore de Robespierre, o de Georges-Jacques Danton o de Jean-Paul Marat? ¿Quiénes tenían la más remota idea de lo que era Napoleón al mando de un citoyen, en San Fernando de Atabapo o en las Queseras del Medio, esas arenas ensangrentadas de nuestra caribeña Guerra de Troya? El joven Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte Palacios y Blanco. Y tras suyo un par de docenas de aristócratas ilustrados y dos o tres venezolanos cultos y educados, únicos en ese valle de la ignorancia, de los cuales el más conspicuo, Andrés Bello. Junto a Francisco de Miranda, quizá la única conciencia que fue capaz de medir en su monstruosa y sangrienta exactitud el horror que se nos venía encima. Y salió huyendo para no volver nunca jamás. ¿De qué y para qué vivir en un país cuya principal ocupación era, y continúa siendo hasta el día de hoy, el bochinche?

Todos los pueblos, escribió Alexis de Tocqueville, cargan con un gravísimo pecado original. Y ese pecado original les pesará por los siglos de los siglos. El nuestro fue el de renegar de los doctores y enaltecer a los guerreros. Despreciar la pluma y adorar las lanzas. Repudiar la cátedra y admirar los cuarteles. Ansiar la vida y provocar la muerte. Asómese a la ventana: verá los resultados.

30 de abril de 2016

LA DESPOLITIZACIÓN DE LA CRISIS VENEZOLANA, por: Antonio Sánchez García, pararescatarelporvenir.blogspot.com 30 de abril de 2016


LA DESPOLITIZACIÓN DE LA CRISIS VENEZOLANA

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Los dirigentes de los viejos y nuevos partidos no tienen otra política que despolitizar el conflicto venezolano. Despolitizar la gravedad de la crisis. Despolitizar las conciencias. Y con simulacros bélicos de juegos de tronos mantener formalmente activa la masa crítica, desactivándola en su potencial político: enfrentarse existencial, frontalmente a la barbarie.

Antonio Sánchez García @sangarccs



A  Antonio Ledezma, en su 61 cumpleaños



Insólito, por no decir asombroso, que tras un cuarto de siglo de hostilidad y confrontación y diecisiete años de soterrada guerra civil, la vieja clase política social democrática, médula de los viejos y nuevos partidos – de Acción Democrática a COPEI, y de UN NUEVO TIEMPO a PRIMERA JUSTICIA – se niegue y sea absolutamente impermeable a aceptar y comprender que la esencia de la política fue, es y será, mientras exista la sociedad y sea coronada por el Estado, precisamente, la hostilidad y la confrontación. Y que en su esencia subyace la eventualidad de llevar esa hostilidad a su máxima expresión: la eliminación física y la guerra. Interna y externamente. 

            No es necesario conocer a Thomas Hobbes o a Maquiavelo, a Hegel o a Marx, a Carl Schmitt o a Leo Strauss para saber que “lo político es un estatus del hombre; más precisamente, es el estatus, en tanto es el estatus “natural”, fundamental y extremo del hombre”, el “estado de naturaleza” que subyace a toda cultura. Bellum omnia contra omnes, la guerra de todos contra todos, como la definiera magistralmente y para siempre en 1651 Thomas Hobbes en El Leviatán. Que “lo político es fundamental, y no un “dominio concreto, relativamente autónomo”, entre otros. Que lo político es lo decisivo.” Y que “la distinción específica de lo político es la distinción de amigo (Freund) y enemigo (Feind). Por tanto, que “la esencia de las relaciones políticas consiste en la referencia a un “antagonismo concreto” en el que el “enemigo” tiene la primacía sobre el “amigo” porque “en el concepto de enemigo” – y ya no en el concepto de amigo en tanto tal – se incluye “la eventualidad, en términos reales, de una lucha y a partir de la eventualidad de la guerra, del “caso extremo”, de la “`posibilidad extrema”, “la vida adquiere su tensión específicamente política”. Y cuyo caso extremo, la guerra, “es el caso extremo por antonomasia para el ser humano, ya que se refiere “a la posibilidad real de la eliminación física” y la mantiene latente. (Carl Schmitt, El concepto de lo Político).

            Sólo dos figuras emblemáticas de la política venezolana – estadistas y no marrulleros, oportunistas, capataces o logreros, más o menos talentosos, del trasiego político criollo – lo supieron en la plenitud existencial del conocimiento: Rómulo Betancourt y Rafael Caldera. Capaces de comprender con una sola mirada el juego en disputa, las opciones que se abrían, las apuestas existenciales que se requerían para asaltar, conquistar y mantenerse en el Poder – máximo botín en disputa del enfrentamiento amigo-enemigo. Todos los demás fueron acompañantes, comparsas, extras, corifeos. Incluso Carlos Andrés Pérez, que ya en su segundo gobierno había traicionado la esencia de la política: luchar mortal, fieramente contra el enemigo. Desde luego que lo han sabido a plenitud desde Simón Bolívar hasta Juan Vicente Gómez todos los dictadores que en Venezuela han sido, pues gobernaron sobre las ascuas de la guerra. Y quien lo supo como en una ensoñación, primitiva, bárbara, canibalescamente fue, desde luego, Hugo Chávez. La figura política más destacada del último medio siglo venezolano.  

            Y fue una decisión absolutamente política, y de alta política la suya, de subordinarse en cuerpo y alma al político latinoamericano más sobresaliente de la modernidad – si a este período de tecnicismo, prosperidad a medias y barbarie narco guerrillera que ha reinado en la región desde el fin de la segunda Guerra Mundial puede considerársele moderno -, Fidel Castro. Quien, a juzgar por el relato seudo autobiográfico de Norberto Fuentes, ya era un político maquiavélico y hitleriano en el más estricto sentido del término desde su temprana adolescencia. Pues al entregarse a Fidel Castro desplazó de una plumada al Che Guevara del impotente y nostálgico imaginario marxista latinoamericano, convirtiéndose en el líder de la izquierda marxista continental. Lo que no es ninguna broma, visto que izquierda, verdaderamente izquierdista, sólo lo es la marxista. Que fiel a Thomas Hobbes, a Maquiavelo y a Carl Schmitt, pero sobre todo a Marx, a Lenin y a Stalin, sabe que la política es la guerra siempre a muerte, pero por otros medios. Y el enfrentamiento y la aniquilación del enemigo – los liberal-democráticos – esencia de su quehacer cotidiano.

            Muerto Chávez en su delirante aventura personalista, militarista y caudillesca, sus seguidores, hoy en el mando aparente de la Nación, se han soldado aún más al castrismo. Huérfanos de toda sustancia y de toda auténtica capacidad política, de la que aquí se habla, no tienen otra manera de conducir esta nave a la deriva que es la impotente república de Venezuela que obedecer ciega y fielmente los mandos e instrucciones de Fidel y Raúl Castro, verdaderos amos de la Venezuela en crisis. Precisamente ellos, en su fase final y decadente. Cuando más necesitan contar con la esclavitud de los venezolanos, pues del petróleo depende su sobrevivencia. De modo que Maduro, Cabello, Padrino López y todos los involucrados en esta esperpéntica guerra de cuarta generación no tienen otra alternativa que seguir y profundizar la guerra que se les ordena desde La Habana. No hacerlo, sería traicionar el legado de Chávez, su única sustancia.

            Y vuelvo aquí al motivo de esta reflexión sobre la esencia de lo político: ¿cuenta Venezuela con una clase política liberal democrática capaz de enfrentarse existencial, vital, políticamente a la guerra a que nos somete a diario nuestro enemigo? ¿Tienen conciencia los jefes de los viejos y nuevos partidos que deben ponerse al frente de una guerra en defensa de la República y nuestras tradiciones democráticas, esencia de nuestro único modo de vida? ¿Están capacitados para soldar a los amigos y enfrentarse y vencer al enemigo? ¿Por las vías que sean?

            Me permito expresar mis más serias dudas. Creo, muy por el contrario, que los dirigentes de los viejos y nuevos partidos no tienen otra política que despolitizar el conflicto venezolano. Despolitizar el reclamo y la protesta de las masas indignadas, empujadas a la miseria y la muerte, por quienes tienen el estratégico objetivo de destruir la República. Despolitizar la gravedad de la crisis. Despolitizar las conciencias. Y con simulacros bélicos de juegos de tronos mantener formalmente activa la masa crítica, desactivándola en su potencial político: enfrentarse existencialmente a la barbarie. En otras palabras: movilizar desmovilizando. Concientizar desconcientizando. Como lo viene haciendo desde el 4 de febrero de 1992: vencer dándose por vencidos.


            Perfecta y plenamente consciente de que la política es una forma aledaña al estado de guerra, Hugo Chávez y su régimen pusieron en la mira de la anulación y la muerte a los únicos líderes venezolanos capaces de comprender la esencia de la política y asumir sus consecuencias: María Corina Machado, Leopoldo López y Antonio Ledezma. Con el resto, puede seguir jugando a la guerra de los botones. Hasta que no reste nada que abrochar. En eso estamos

7 de abril de 2016

RÓMULO, MÁS PRESENTE Y NECESARIO QUE NUNCA, por: ANTONIO SÁNCHEZ GARCÍA, @sangarccs / pararescatarelporvenir.blogspot.com 7 de abril de 2016

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RÓMULO, MÁS PRESENTE Y NECESARIO QUE NUNCA

"Desde aquí veo el panorama nacional definitivamente favorable. El despotismo caerá en el curso de días – acaso haya caído cuando esta carta llega a manos de ustedes – o de semanas, o de meses. Pero caerá. La sentencia está escrita en el muro. Pero hay que darle, ahora sí, el empujón definitivo. Rómulo Betancourt, carta a la Dirección de AD en la clandestinidad, Nueva York, 14 de enero de 1958"
ANTONIO SÁNCHEZ GARCÍA 


No soy quién para defender a Rómulo Betancourt. Estadistas de su talla, que los ha habido y muy escasos en América Latina, se defienden solos. Con su obra y su palabra. Y hay venezolanos infinitamente más capacitados que yo para recuperar la vigencia de su palabra y extrapolar su obra en función de la grave crisis existencial que vivimos, ya a punto de aniquilar su máxima obra: la República Liberal Democrática, como la ha llamado uno de nuestros más destacados historiadores, Germán Carrera Damas. Autor por cierto de un estudio imprescindible dedicado a su obra y su figura: Rómulo Histórico, Editorial Alfa, Caracas, 2013.

De la detenida lectura de su obra, editada primorosamente por la Fundación Rómulo Betancourt a cargo de su hija Virginia Betancourt, especialmente su Antología Política en siete volúmenes, así como las obras con temáticas específicas: Venezuela, Política y Petróleo, por ejemplo, y de los distintos trabajados dedicados a su vida, su pensamiento y su acción – destaco el bello homenaje que le hiciera el historiador Manuel Caballero: Rómulo Betancourt, político de nación, Editorial Alfa, Caracas, 2004, tanto más valioso cuanto que fuera uno de sus antagonistas desde el Partido Comunista de Venezuela – se transparenta su genialidad intelectual, la cristalina verticalidad de su comportamiento político, un amor a prueba de cárcel, persecución, destierro y atentados contra su vida por su amada Patria, Venezuela, una moral más allá de toda sospecha y un respeto a sí mismo que le hubiera impedido cualquier atisbo de arbitrariedad, estalinismo o complicidad con un régimen dictatorial y de alcahuetería con los mercaderes de la política.

Conoció todos los ámbitos del pensamiento y la acción políticas a lo largo de su vida: desde las interioridades del leninismo revolucionario hasta las propuestas ideológicas del liberalismo. Sin traicionar jamás su voluntad: independencia de criterios, independencia política, venezolanismo como vocación moral. Y dos actitudes lo definen en la extraordinaria lealtad a la grandeza: finaliza su mandato orgulloso de haber demostrado que bajo su gobierno, al erario no se le había robado un solo centavo. Deja la presidencia y decide no volver nunca jamás a postularse, sabiendo que no sólo tenía todo el derecho, sino la aceptación de los suyos. ¿Más prueba de integridad? No conozco otra entre quienes se proclaman sus herederos.

Para desmentir cualquier intento de tergiversación que sirva, precisamente, a avalar lo que más le repugnara en vida – el tartufismo, el aventurerismo, la inescrupulosidad, la alcahuetería y la complicidad con dictaduras y tiranos – quisiera citar una carta en la que toma posición contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en los términos más categóricos e intergiversables. La escribe el 21 de mayo de 1957 – a ocho meses del desenlace – y va dirigida a Carlos Andrés Pérez y Luis Augusto Dubuc. En sus partes más destacables afirma: “He tenido algún trabajo en estos años y rumiado mucho desagrado; sobre todo, ando con el reconcomio de haber sido víctima, o cómplice, de una serie de presiones, desde el interior del país, y desde el exterior, para haber dejado de cumplir con el deber de hacerle la revolución a esa gente. Lo que está haciendo Fidel Castro, y con mucho más éxito, debí hacerlo yo en 1950; y deberemos hacerlo en 1957, si no hay elecciones libres. La opción es entre eso – tirar la parada – o dedicarnos, como los dominicanos, a “piquetear” los consulados de Trujillo. Es más: si en el 57 o comienzos del 58 no hay solución al problema venezolano – evolutivo o a la brava – no nos quedaría otro camino sino el de ponernos un bozal, y no hablar más en el exilio de los atropellos, etc., de esa gente. Por propio respeto, tendríamos que callarnos definitivamente.” Rómulo Betancourt, Antología Política, volumen sexto, 1953-1958, Fundación Rómulo Betancourt, Caracas, 2004, pág. 619.

Obviamente: no se puso un bozal ni se calló definitivamente. Desde la distancia siguió con angustia los empeños de lo que quedaba de su partido por obedecer sus dictados y sobre todo comprender y responder a las exigencias del pueblo democrático: tumbar al tirano. Hasta tumbarlo. Con lo cual se respetó su palabra hasta en su más mínimo significado. Jamás llamó a postergar la lucha hasta reventar. Y cuando a una semana de ver cumplidos sus más profundos deseos en manos de la heroica juventud acciondemocratista que seguía su ejemplo, en carta escrita desde Nueva York el 14 de enero de 1958 pidió mesura, lo hizo convencido de que el régimen caía en días, quizá al momento de ser recibida su carta, como en efecto sucediera. Dijo: “Desde aquí veo el panorama nacional definitivamente favorable. El despotismo caerá en el curso de días – acaso haya caído cuando esta carta llega a manos de ustedes – o de semanas, o de meses. Pero caerá. La sentencia está escrita en el muro. Pero hay que darle, ahora sí, el empujón definitivo.”

Ciertamente: pedía no romper vidrieras y apostar a la vía pacífica, para no entorpecer la inevitable, la inexorable, la impostergable salida de la dictadura. Que estaba a horas de acontecer. No sabía que ya las campanas repicaban a la rebelión y el dictador preparaba su fuga. No para permitirle sobrevivir tanto como lo decidiera la tiranía cubana o el castrocomunismo, al que derrotó con coraje, lucidez y grandeza en todos los terrenos. Decir lo contrario por obediencia a espurios intereses personales es falsear a Rómulo y obrar según los principios de Tartufo: miente, miente, que algo queda.

@sangarccs



2 de abril de 2016

FICCIÓN Y PODER EN LA VENEZUELA CASTROCOMUNISTA, por: Antonio Sánchez García, FRENTEPATRIOTICO.COM / pararescatarelporvenir.blogspot.com 2 de abril de 2016

FICCIÓN Y PODER EN LA VENEZUELA CASTROCOMUNISTA


Antonio Sánchez García
Nadie puede predecir con exactitud qué tanta miseria y qué tanto sufrimiento aguanta un pueblo acorralado. Sospecho que ese aguante es incalculable. Finalmente, en el trasfondo de la humanidad yacen milenios de barbarie, aguante y sufrimientos. Montado sobre la brutal maquinaria de la maldad y el Poder, un tirano puede retrotraer la máquina del sufrimiento hasta la cruz del martirio. No por azar, esa cruz es el símbolo de nuestra civilización y la impronta de nuestra cultura. El resto es silencio.


Antonio Sánchez García @sangarccs

            
Una cosa fue el impulso inicial del comunismo a partir del análisis y las predicciones teleológicas de Karl Marx, y otra cosa muy distinta es el autocratismo a ultranza del castrocomunismo y los derivados de los cambios impulsados bajo la protección de la Unión Soviética, como el imperante en algunos países del Tercer Mundo. 

Aquel pretendía llevar la dinámica del progreso del capitalismo industrial del siglo XIX a sus últimas expresiones – el máximo desarrollo de las fuerzas productivas hasta obtener la automatización de la fuerza de trabajo y colmar de riqueza a las sociedades, posibilitando un reparto “a cada quien según sus necesidades y de cada quien según sus capacidades – y otra absolutamente distinta es la de, amparado en esa utopía economicista, montar feroces regímenes totalitarios, dominados por el perverso y demoníaco control del partido y las camarillas hegemónicas.

 Aquel estaba determinado por la economía y sus tendencias totalizadoras, con intención de emancipar al individuo de toda forma de explotación; éste por el predominio absoluto de la política, el desprecio a la economía y la esclavización total del individuo.

 A aquel le interesaba el desarrollo de las fuerzas económicas, incluso mediante la esclavización de la fuerza de trabajo – ejemplar al respecto la política de industrialización y electrificación a mansalva de la Unión Soviética -; a éste sólo le interesa hacerse del poder total y controlarlo a cualquier precio. Incluso, el del hambreamiento de las masas sometidas. Como en Cuba.

            En alguna ocasión resumí la tendencia al control político social mediante el hambre del totalitarismo castrocomunista a la fórmula “empobrece e impera”. Lo que es evidente y no debiera provocar dudas, es que ningún régimen que aspire al control marxista totalitario de su sociedad tiene el menor interés en desarrollar sus fuerzas productivas, generar progreso y prosperidad y permitir el ascenso cultural y social de su miembros. 

Releo Personan non grata, de Jorge Edwards, quien narra la experiencia de su primer encuentro con Fidel Castro, durante una charla del líder cubano en la Universidad de Princeton, en 1959 y la expresión de asombro de “uno de los estudiantes más aventajados, perteneciente al grupo escogido que asistió a la conferencia, que me dijo: “He is going to destroy the economy” “va a destruir la economía”.

 Indignó a Edwards, si bien fue literalmente lo que hizo Fidel Castro: devastar la hasta entonces próspera economía cubana. Exactamente como lo han hecho sus esbirros uniformados en Venezuela, con un empeño digno de mejor causa.

            Prisionero de la ingenua tradición periodística en la que me abría camino, mi primer artículo de opinión para Notitarde, de Valencia, en el que escribiría durante todos estos años, se llamó precisamente “La economía, idiota”. Corría el año 1999. El idiota al exigirlo era yo. La única admonición que ha reinado en el escritorio de Hugo Chávez y luego en el del funcionario del G2 que le fuera impuesto por Fidel Castro sólo reza LA POLÍTICA, IDIOTA.

 ¿En qué consiste? En triturar las instituciones políticas de la democracia liberal imperante, en triturar su élite política, en castrar toda actividad política de los sectores democráticos, en esclavizar sus masas de respaldo. Pero sobre todo: en triturar la empresa privada, en triturar el comercio, en reducir el mercado a colas interminables de mendicantes, en acorralar a las masas hasta llevarlas al borde de la inanición. Para lograrlo: política, política y más política. En la desvergüenza propia de funcionarios totalitarios, uno de ellos lo explicó con todas sus letras: “¿hacer prosperar a los pobres para que se nos vuelvan escuálidos? ¡Ni de vaina!”  Por ello: a reventarlos de hambre, a fijarles en la mente, como el personaje representado por Chaplin en La quimera del oro, un pollo asado que vuela en el infinito. Y a ponerlos a comerse la suela de sus zapatos y sus cordones como si fuera un plato de spaghettis.


            No es, pues, la prosperidad la medida del éxito de los regímenes marxistas como el venezolano: es la ruindad. No es el progreso, es la regresión. No es la resolución de la crisis. ES LA CRISIS. Para ello, una vez controlado el poder, liquidar las instituciones o desviar toda su efectividad. Controlar los ejércitos y convertirlos en mesnadas corrompidas y antipatrióticas. Lo mismo con jueces y tribunales. Y si se le cede una cuota de representatividad a la oposición – por ejemplo, la Asamblea Nacional  – se la castra hasta su máxima impotencia y se la reduce a una farsa declarativa sin poder alguno. 

La Constitución puede decir misa: el poder no está en la letra, está en los fusiles. Cosa que también narra Jorge Edwards al explicarle a algunos embajadores del bloque soviético que el Senado chileno acababa de vetar al embajador que le fuera propuesto por Salvador Allende: ¿y por qué no cierran el Senado?”

            Nadie puede predecir con exactitud qué tanta miseria y qué tanto sufrimiento aguanta un pueblo acorralado. Sospecho que ese aguante es incalculable. Finalmente, en el trasfondo de la humanidad yacen milenios de barbarie, aguante y sufrimientos. Montado sobre la brutal maquinaria de la maldad y el Poder, un tirano puede retrotraer la máquina del sufrimiento hasta la cruz del martirio. No por azar, esa cruz es el símbolo de nuestra civilización y la impronta de nuestra cultura. El resto es silencio.