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4 de diciembre de 2015

La revolución contrarrevolucionaria: balance y perspectivas, por ANTONIO SÁNCHEZ GARCÍA, pararescatarelporvenir.blogspot.com 4 de diciembre de 2015


La revolución contrarrevolucionaria: balance y perspectivas

El zamuro, símbolo de muerte, bien habría merecido ser el ave heráldica de aquella democracia guerrera, que fue la de Venezuela durante las guerras civiles.
Pedro Manuel ArcayaMemorias

Los pueblos se resienten siempre de su origen. Las circunstancias que acompañaron a su nacimiento y sirvieron a su desarrollo influyen sobre todo el resto de su vida.
Alexis de TocquevilleLa democracia en América

por: Antonio Sánchez García

1.

            La naturaleza regresiva del proceso abierto por los militares golpistas del 4 de febrero de 1992, cuya deriva dictatorial sufrimos todavía hoy aún ignorantes de su desenlace, a veintitrés años de distancia, fue advertido por muy pocos venezolanos. Bastaba, sin embargo, un elemental conocimiento de la llamada “historia patria” para constatar que de entre las docenas y docenas de “revoluciones” – en más de cien las ha contabilizado el historiador Salcedo Bastardo – era la primera a la que bien cabía bautizarla como “revolución contrarrevolucionaria”, tal como la describiese en mi primer libro dedicado a nuestra circunstancia histórica, Dictadura o Democracia, Venezuela en la encrucijada, editado en 2003 [1]. Todas ellas resultados de ese fondo fundacional de barbarie y corrupción al que debieron recurrir Bolívar y Páez para quitarle sus tropas de llaneros salvajes a Boves para atraerlos a una misión de la que no tenían ni la menor idea ni el menor interés: la Independencia y la posterior construcción de la República. De cuyo significado no tenían por qué tener el menor conocimiento. Salvo para unos pocos miembros de la aristocracia criolla, la palabra república era una incomprensible abstracción.

            No fueron ni el afán libertario ni una causa patriótica, nacionalista, como quisieran hacernos creer sus descendientes bolivarianos, tan bárbaros, cruentos y sanguinarios como aquellos llaneros, los que incentivaron la ambición guerrera de las tropas de Boves pasadas – talanqueadas, se diría hoy – al bando de Páez: fue una mejor y promisoria oferta de botín, las tierras arrancadas a sus legítimos propietarios, los bienes saqueados.

            Así lo escribe Pedro Briceño Méndez, secretario del general Páez, en 1821: “Cuando el señor general Páez ocupó a Apure en 1816, viéndose aislado en medio de un país enemigo, sin apoyo ni esperanza de tenerlo por ninguna parte, y sin contar siquiera con la opinión general del territorio que obraba, se vio obligado a ofrecer a sus tropas que todas las propiedades que perteneciesen al gobierno de Apure (que eran las confiscadas a los enemigos) se distribuirían entre ellos libremente. Este, entre otros, fue el medio más eficaz de comprometer a aquellos soldados y de aumentarlos porque todos corrieron a participar de iguales ventajas” (subrayado, ASG).

            A la vuelta de los días, la lanza del saqueo de la barbarie autóctona, aquellas “lanzas coloradas” de Uslar Pietri,  siguió pendiendo, ahora sobre las cabezas de los libertadores: “así como los llaneros se hicieron enemigos de los españoles porque después de haber subyugado a Venezuela éstos no les cumplieron las promesas que les habían hecho Boves y Yáñez, ahora promoverían la guerra civil contra el gobierno, si éste no les satisfacía inmediatamente en sus haberes”. Y no fue una simple suposición del Libertador, que hizo saber al Congreso para que apurase el reparto. Pues como lo señala Laureano Vallenilla Lanz en Cesarismo Democrático, poco después “sucedió lo que había previsto el Libertador: los llaneros se dieron de nuevo al robo y al pillaje, como lo venían practicando desde los tiempos coloniales, con la diferencia de que ahora podían disfrazar sus bárbaros impulsos proclamando principios políticos y “reformas” constitucionales. Ya nuestros nómadas habían entrado en la historia”. [2] Dos siglos después lo harían proclamando los principios de la revolución socialista y bolivariana. El perro mordiéndose la cola.

            Pues de esos polvos, estos lodos.

2.

            No fue escrito ayer, aunque hubiera podido serlo. Fue publicado en 1919, pronto hará un siglo. Como hace un siglo y medio, en 1856 y a treinta años de las angustias del Libertador citadas por Vallenilla Lanz, Cecilio Acosta, otro gran intelectual venezolano escribiese que “las convulsiones intestinas han dado sacrificios, pero no mejoras; lágrimas, pero no cosechas. Han sido siempre un extravío para volver al mismo punto, con un desengaño de más, con un tesoro de menos”. Para que cuarenta años después Luis Level de Goda escribiese a su vez en suHistoria Contemporánea de Venezuela, al filo de entrar al siglo XX, que “las revoluciones no han producido en Venezuela sino el caudillaje más vulgar, gobiernos personales y de caciques, grandes desórdenes y desafueros, corrupción, y una larga y horrenda tiranía, la ruina moral del país y la degradación de un gran número de venezolanos”.

            Me he preguntado, desde que me hiciera a la lectura de nuestra historia republicana con auténtica pasión, si los intelectuales que aprobaron el golpe del neo “llaneraje salvaje” y sus siniestras consecuencias – proviniesen de las izquierdas marxistas, socialdemócratas, socialcristianas o directamente de la derecha financiera y empresarial, que de todo hubo en las mesnadas del chavismo al asalto del Estado – o rehuyeron enfrentarlo con hidalguía y sentido de responsabilidad histórica, estaban conscientes de esos llamados de auxilio brotados de las mejores gargantas de nuestra atribulada intelectualidad decimonónica.

            He leído las reflexiones al respecto del santón de nuestra Intelligentsia, Arturo Uslar Pietri, publicadas negro sobre blanco en su opúsculo Golpe y Estado en Venezuela [3] , tomado como palabra de fe de lo mejor de nuestra intelectualidad democrática – si es que existe – y puedo dar fe de su torva complicidad con el golpismo, cuyas devastadoras consecuencias me fueran sin embargo perfectamente conscientes la madrugada misma del golpe, un venezolano de a pie, recién nacionalizado y apenas asomado a la aviesa tradición del militarismo surgido de las caballerías que fueran primero cabalgaduras de tropas de bandidos, luego de esbirros del realismo salvaje para terminar dueños de la tierra, montoneros, caudillos y generales de la República. Un auténtico galimatías.

            Que en sus declaraciones postreras, ya al borde de la muerte, se desdijese y calificara al llanero salvaje del Siglo XXI de no ser más que un pobre diablo, poco contribuye a incorporarlo al panteón de los combatientes por las libertades democráticas. Pero en esas declaraciones dadas a Rafael Arráiz Lucca deja ver que compartía a plenitud la visión pesimista sobre nuestra esencia turbulenta y salvaje que nos legaran hombres de la talla de Mario Briceño Yragorri en su Mensaje sin destino: “Lo trágico es el nivel de la gente que nos gobierna. Yo oía a Chávez el domingo, qué cantidad de disparates dijo y con qué autosuficiencia, con qué arrogancia. Este es un país muy infortunado. Era muy difícil que aquí las cosas hubieran pasado de otra manera, porque este fue siempre un país muy pobre y muy atrasado, aislado, lleno de inestabilidad, de golpes de Estado, de eso que llaman revoluciones y, además, apareció esa riqueza inmensa del petróleo en manos del Estado, que provocó una distorsión total… Ya lo digo, yo estoy en un estado de ánimo muy malo, no tengo esperanzas, estoy con el infierno de Dante”.[4]

3.

            ¿En qué círculo del infierno de Dante hubiera situado Uslar Pietri a nuestras élites? ¿Qué valoración hubieran previsto para nuestras dirigencias democráticas los angustiados pensadores – de Cecilio Acosta a Briceño Iragorry – que criticaban a quienes les rodeaban a mediados y finales del siglo XIX, a mediados del XX, a comienzos del XXI? ¿En qué medida son responsables del despertar del monstruo que creímos enterrado para siempre un 23 de enero de 1958, para volver a abrir los ojos en gloria y majestad, más poderoso que nunca y suerte deArmagedón de la modernidad armado hasta los dientes un 4 de febrero de 1992 y haberse apoderado de la Nación sin encontrar la menor, la más mínima resistencia? ¿Les cabe por ello la inculpación de traición que Sebastian Haffner les endilgara a comunistas, socialdemócratas, católicos de centro y conservadores de derecha a quienes responsabilizó por el ascenso y dominio de Hitler y el nazismo? Valga decir: ¿por la peor catástrofe histórica de que tengamos memoria?

            No es una pregunta baladí ni de fácil respuesta. Detrás de los hombres del presente acechan las determinaciones del pasado. Y de creerle a Alexis de Tocqueville, poco menos que estamos condenados a ser lo que fuimos desde el nacimiento de la República: una turbulenta mezcla de pequeñas élites emancipadas sujetas a la veleidad y capricho de masas recicladas siempre desde el trasfondo de la barbarie. Una mezcla sobre la que poco influyen las ideologías, de creerle a Pedro Manuel Arcaya: “propiamente nunca hubo en Venezuela sino dos partidos en lucha, el del gobierno y el de la revolución, por lo demás fuera de eso en nada se diferenciaban. Ninguna revolución, ni aún la Federal, fue, a pesar de lo que al respecto se ha querido afirmar, una contienda en que se ventilasen contrapuestos principios políticos, tales como los de conservatismo o liberalismo o democracia y autoritarismo, y llegar al extremo de la incomprensión y la ignorancia de nuestro pasado, exhibir nuestras contiendas o alguna de ellas como lucha de clases, la del proletariado contra el capitalismo, la del campesino sin tierra contra el terrateniente, la del peón contra el hacendado, del obrero contra el patrón… Ninguno de esos bandos representaban realmente sino el espíritu anárquico de un pueblo dominado por la emoción y no por la fría razón… El tumulto de las ambiciones encontradas, las pasiones de unos bandos contra otros habría engendrado, inevitablemente, otra guerra civil”.[5]

            De seguir las habituales coordenadas de nuestros conflictos, tales como los señalados por los intelectuales y personajes públicos de nuestro mediato e inmediato pasado, ¿cómo, dónde y de qué naturaleza son los contendientes de hoy, qué significan, que representan, qué pretenden? ¿Dónde está la barbarie desencadenada, dónde los afanes libertarios? ¿Quién o quiénes serán los victoriosos, el pasado retardatario, el confuso y desnortado presente o el futuro de promisiones?

            Independientemente de la respuesta que hoy se imponga, ya no parecen ser dos, sino tres los bandos enfrentados en el grave conflicto histórico que vivimos: representan unos el retroceso a la tiranía, otros la continuidad de nuestra inestabilidad democrática, estos, la revolución y el cambio. De estos últimos, si llegaran a imponerse, depende la grandeza del futuro.















[1] Antonio Sánchez García, Dictadura o democracia: Venezuela en la encrucijada, Editorial Altazor, Caracas, 2003.
[2] Laureano Vallenilla Lanz, Cesarismo Democrático, Los libros de El Nacional, Caracas, 1999, págs. 106 y 107.
[3] Arturo Uslar Pietri, Golpe y Estado en Venezuela, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 1992.
[4] Arturo Uslar Pietri, Ajuste de cuentas. Conversación con Rafael Arráiz Lucca, Biblioteca Arturo Uslar Pietri, Los libros de El Nacional, Caracas, 2007, pág. 49.
[5] Pedro Manuel Arcaya, Memorias, Ediciones “Librería Historia”, Caracas, 1983, págs. 66,67.

3 de noviembre de 2015

PUENTES DE PLATA, por Antonio Sánchez García, pararescatarelporvenir.blogspot.com 3 de noviembre de 2015.


PUENTES DE PLATA


En estos tiempos pre transicionales, cuando el cambio se vislumbra a la vuelta de la esquina y los poderosos de ayer ya muestran la desesperación de los perdedores de mañana, descuidar la magna tarea de construir puentes de plata constituye un delito de lesa humanidad. No es traición: es grandeza.

Por: Antonio Sánchez García @sangarccs

            ¡Qué duda cabe! La Venezuela chavista cierra su ciclo de un cuarto de siglo en medio de un país en ruinas que humea devastado. Consumido por la inautenticidad, la farsa, el despropósito. Habiendo cumplido fielmente la orden que llevaban los comandantes golpistas en sus intenciones desde muchos años antes del 4 de febrero de 1992, – todos ellos, sin excepción ninguna – de arrasar con ella. Siguiendo al pie de la letra la consigna que Hitler les impusiera a los oficiales de sus fuerzas armadas alemanas al invadir territorio soviético enemigo: Gleich dem Boden machen! En mala traducción: Arrasar con todo.

            No tengo ningún prurito en confesar que ante la inmensa, la inconmensurable gravedad del daño cometido por estos farsantes armados contra la República, los cientos de miles de jóvenes de nuestras barriadas asesinados por la guerra azuzada por el gansterismo castrocomunista – Chávez y Arias Cárdenas, a la cabeza de los militares felones que traicionaron su juramento, seguidos por la cohorte de secuaces que se cebaron sobre los bienes de la República y llevan dieciséis años disfrutando de sus iniquidades – con el auxilio de civiles sin Dios ni Ley, castrocomunistas todos ellos, que han llegado al extremo de traicionar a la Patria, entregándole nuestra soberanía a la tiranía cubana, merecen el mayor castigo que el Código Penal, civil y militar dispongan para tal efecto. Y que si, respetando la tradición instaurada por el Libertador cuando declarase la Guerra a Muerte contra los enemigos de la recién fundada República, el castigo debiera ser proporcional a la magnitud del crimen, que lo sea. Para recuperar nuestra honra de Nación y sentar un precedente inolvidable. Que las Naciones, en inolvidable frase de Winston Churchill, se forjan con sangre, sudor y lágrimas. No merecen ningún perdón.

            Dicho lo cual no puedo dejar de recordar el también imperecedero ejemplo forjado por Gonzalo Fernández de Córdoba, conquistador de Nápoles, con justicia llamado El Gran Capitán (1453-1515), el más grande de todos los soldados españoles del Siglo de oro, quien según narración del toledano Melchor de Santa Cruz de Dueñas solía exclamar: “al enemigo que huye, hacedle la puente de plata.” La frase haría historia en boca de los dos más grandes escritores españoles: Cervantes, en El Quijote expresaría la voluntad del ingenioso caballero que “ no tiene condición ni es de parecer de los que dicen que al enemigo que huye, hacedle la puente de plata”.  Y Lope de Vega, que en La estrella de Sevilla le hace afirmar a uno de sus personajes: “que al enemigo se ha de hacer puente de plata.”

            El fiscal Franklin Nieves no fue el primero ni será el último de los cómplices y obsecuentes servidores de la Injusticia que huye del campo de batalla. Ahora, que el barco hace aguas, ya plenamente conscientes de que perdieron la guerra y comienzan a hundirse en el fango de la derrota. Recuerdo a Eladio Aponte Aponte y a Leamsy Salazar, que denunciaran casos incluso muchísimos más siniestros de la Justicia del Horror chavista: recuerdo particularmente las reuniones sostenidas por Hugo Chávez con Diosdado Cabello y José Vicente Rangel, en los que, en consejo de otras altas autoridades, se decidía a quienes se perseguiría, con qué cargos y bajo qué penas de condena. Hubo incluso sentencias de muerte. Ejecutadas. Como la dictada contra Danilo Anderson, el fiscal. Prohibido olvidarlo.

            Ninguno de ellos tiene la autenticidad, la densidad moral y la integridad de un auténtico revolucionario, si los hubiera. Son matones, mafiosos, delincuentes, asaltantes, asesinos y ladrones. Con o sin uniforme, con o sin togas y birretes, con o sin condecoraciones, diplomas y charreteras. Como quedara de manifiesto en la entrevista concedida por el personaje de marras al periodista mexicano de CNN, Fernando del Rincón. Y frente a los cuales, en un supremo ejercicio de sabiduría política, no cabe más que recordar la sentencia del Gran Capitán y hacerles la puente de plata. Todo ahorro de sacrificios, todo acortamiento de las penurias, todo avance hacia la restauración de la extraviada grandeza de la República – si alguna vez la tuvo - que tales puentes faciliten merecen la más serie consideración. Sin que ello suponga la disposición al perdón de los crímenes, a la connivencia y colusión con los criminales,  al olvido de nuestros sagrados deberes para con la justicia.


            En estos tiempos pre transicionales, cuando el cambio se vislumbra a la vuelta de la esquina y los poderosos de ayer muestran la desesperación de los perdedores de mañana, descuidar la magna tarea de construir puentes de plata constituye un delito de lesa humanidad. Los vencedores de mañana, así se encuentren aherrojados en las cárceles, vejados, sometidos y condenados, suspendidos en sus derechos y ofendidos en sus acciones deben comenzar a preparar el futuro. Y sus mejores hombres, que los hay así no sean notorios,  a organizar la conquista final. Parte importante tendrán los puentes de plata. Que en la victoria, modestia. Es la mejor prueba de grandeza.

pararescatarelporvenir.blogspot.com, 3 de noviembre de 2015.

18 de septiembre de 2015

PEOR QUE UN COMUNISTA CHILENO, OTRO COMUNISTA CHILENO, por Antonio Sánchez García, FRENTEPATRIOTICO.COM. / pararescatarelporvenir.blogspot.com 18-09-2015

PEOR QUE UN COMUNISTA CHILENO, OTRO COMUNISTA CHILENO

Antonio Sánchez GarcíaEl espíritu agradecido, propio de los seres nobles y de hondos sentimientos, no exige militancia política. Ha habido comunistas tan generosos y extraordinarios, como los ha habido liberales y conservadores del mismo jaez. Pienso en Antonio Gramsci, en Rosa Luxemburg. Jamás dejaré de agradecerle, y lo haré hasta el momento de mi último suspiro, al amigo apenas conocido que al verme caminando como un fantasma por las calles de Santiago a pocos días del golpe de Estado, se me abalanzó a los brazos y me dijo: “¿qué diablos haces tú caminando como un zombi por el centro de Santiago, cuando debieras estar enconchado en el más profundo de los sótanos, que si te encuentra la policía vas de inmediato al matadero de la DINA?
Me arrastró hasta su vehículo, me llevó a su casa en el barrio alto de Santiago, me dio de comer y me ofreció alojamiento por el tiempo que me fuera necesario. Nada tan extraordinario en tiempos apocalípticos, salvo que mi amigo era de extrema derecha, había pertenecido a la marina chilena, era profundamente anti izquierdista y provenía de una familia de la más encumbrada y rancia aristocracia nacional.
Pasé en su casa, saliendo bajo extremas medidas de seguridad a realizar algunas encomiendas, los pocos meses de clandestinidad que pasé en Chile hasta que pude abandonar el país hacia Buenos Aires, desde donde volví a Alemania, para incorporarme al Max Planck Institut, de Starnberg, al sur de Múnich. En donde sería protegido por el barón Friedrich von Weiszsäcker, hermano del por entonces presidente de la República Federal de Alemania. Otro liberal de talante profundamente conservador y tradicionalista. Pero un humanista a carta cabal. ¿O es que el humanismo tiene carta de ciudadanía marxista leninista?
Lo recuerdo cada vez que un chileno de la izquierda marxista se va de lengua y suelta una de esas pachotadas patrioteras y “anti injerencistas”, súbitamente de moda entre los prohombres del antiguo internacionalismo proletario, como el jefe de los comunistas chilenos, Guillermo Teillier. Quien en un acto de fétida ignominia sale a defender el derecho de Nicolás Maduro a perseguir, reprimir, encarcelar y condenar inocentes, sin que a los comunistas chilenos – que patalearon, chillaron, se lamentaron y llevaron luto eterno por sus presos políticos, babeándose en el Vaticano y en todas las instancias internacionales para que les soltaran a sus militantes encarcelados por Augusto Pinochet – se les arrugue el semblante.
En el manifiesto de sus particulares derechos humanos, una dictadura castrista, estalinista, madurista o como quiera designársele tiene todo el derecho a encarcelar, torturar, asesinar y lanzar a los tiburones a quienes les salga de sus íntimos entresijos, sin que nadie tenga el más mínimo derecho a “inmiscuirse en sus asuntos”. Pero ay de aquellos que no suelten las lamentaciones de JOB por un preso comunista, castrista, estalinista, chavista o como quiera que terminen llamándose, porque entonces los comunistas del mundo, unidos, sacudirán cielo y tierra exhibiendo las llagas y cicatrices del torturado y rasgándose sus rojas vestiduras. Maldiciendo a quienes nada hacen por soltarlos de su cautiverio.
Pues para un comunista, como los chilenos, sólo ellos tienen derechos humanos. Que ellos, en el Poder, pueden pisotear tan brutal, cruel e inhumanamente como lo hiciera el Stalin de las églogas de Pablo Neruda asesinando millones de millones de inocentes. Todo sea en nombre de la utopía.
Me ha asqueado Guillermo Teillier, secretario general del Partido Comunista de Chile, saliendo en defensa del derecho de Maduro a condenar a un inocente, olvidando que en 1975 el canciller del presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, Ramón Escobar Salom, siguiendo estrictas instrucciones del jefe de Estado quien correspondía diplomática y amistosamente a un pedido personal del máximo dirigente de la Unión Soviética, se apersonara en La Moneda ante Augusto Pinochet para demandar la liberación de don Luis Corvalán.
Jamás un venezolano salió en defensa del derecho que le asistía a Pinochet a encarcelar a quien considerara constituía un peligro para la existencia del Estado chileno. Todos los presidentes venezolanos extendieron sus brazos para auxiliar a comunistas, socialistas, miristas, democratacristianos de derecha, de centro y de izquierda, como el actual embajador en Caracas, que vivió buenos años de su vida bajo la protección académica y política de los demócratas venezolanos, sin entrar en mezquinas consideraciones acerca de los derechos que le asistían al presidente de Chile a hacer con los comunistas y sus aliados lo que a bien tuviera, dada su siniestra tradición totalitaria.
Como chileno de nacimiento, criado y crecido en un hogar de comunistas, debo confesar la profunda animadversión que he llegado a sentir por el fanatismo, la hipocresía, el fariseísmo y la canallería de que un comunista chileno puede llegar a ser capaz. Teillier me lo ha vuelto a confirmar. Por eso recuerdo aquella pintada que vi en los tiempos de la Unidad Popular en algún barrio de la periferia industrial santiaguina: no hay peor comunista, que otro comunista. Aunque Ud. no lo crea.

7 de mayo de 2015

UN 8 DE MAYO DE 1967, MACHURUCUTO: LA PUERTA A LA TRAGEDIA por Antonio Sánchez García, pararescatarelporvenir.blogspot.com 7 de mayo de 2015, @sangarccs


UN 8 DE MAYO DE 1967
MACHURUCUTO: LA PUERTA A LA TRAGEDIA

por: Antonio Sánchez García

Así un observador del amargo y desventurado país que hoy somos no lo crea, Venezuela fue un día feliz, sus habitantes eran orgullosos, sus políticos llamaban la atención por corajudos y sus militares eran honestos, valientes y patriotas.





Nadie debía esforzarse por convencer a sus ciudadanos de presentarse a depositar su voto. El 1963, cuando cinco años después de salir de la dictadura del general Pérez Jiménez con la insurgencia de un pueblo verdaderamente amante de la libertad se realizaron por segunda vez las elecciones presidenciales – nunca amañadas, nunca falsificadas y nunca arrebatadas a un venezolano por un agente extranjero – la participación popular alcanzó el 93%. A pesar de que comunistas y miristas habían llamado a abstenerse y habían intentado boicotearlas con el respaldo en dinero y armas de la tiranía cubana.

Ya por entonces el odio de las tiranías al profundo espíritu libertario de nuestro pueblo y su orgullosa élite política había intentado asesinar a nuestro presidente y alebrestar los cuarteles. Las calles de Barcelona y de Puerto Cabello habían visto derramarse la sangre de nuestros soldados por la traición de quienes habían sido seducidos por el mensaje disociador del marxismo leninismo para terminar entregados en brazos del castrismo.

Fuimos el único país latinoamericano odiado mortalmente por Fidel Castro desde el nacimiento mismo de su revolución. A pesar de la ayuda en dinero y en armas con que los demócratas venezolanos aportaran a la lucha de liberación de su pueblo contra la dictadura batistiana. Fuimos el único país invadido por soldados cubanos en odioso contubernio con ciudadanos venezolanos dispuestos a sacrificar nuestra soberanía para rendirse a la tiranía cubana.

Este ocho de mayo se cumplen 49 años de la invasión a nuestro país por un grupo de militares cubanos con guerrilleros venezolanos, entrenados, armados y financiado por Fidel Castro en territorio cubano con el fin de sumarse a un amplio movimiento insurreccional, ya reforzado por otro comando de militares cubanos que invadieran nuestra Patria por las costas de Falcón un año antes, y asaltar el poder en un poderoso movimiento armado que pretendía repetir los hechos de la guerra cubana y el asalto al Poder que terminara en el triunfo de las tropas de Fidel Castro y el Ché Guevara.

El fracaso de ambos desembarcos y la derrota en el terreno bélico y político fue tan determinante, que esos invasores debieron retirarse con la cola entre las piernas, enfermos, humillados y vencidos. Y sus aliados nativos dejar las armas sin gloria ni majestad. Héroes en su patria y en otros campos de batalla, esos comandantes cubanos fueron aplastados en nuestro suelo de manera inclemente por unas fuerzas armadas decididas a defender nuestra soberanía con el fervor de su espíritu y el valor de su sangre. Los invasores no se destacaron en un solo hecho de guerra. No hicieron más que cometer crímenes y asesinatos a mansalva. Aumentando así el odio y el rencor de quien no perseguía otro propósito que apoderarse de nuestro petróleo y utilizar nuestro territorio como plataforma para sus delirios expansionistas y sus trasnochados sueños imperiales. Fidel Castro fue arrastrado por los suelos por Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, al frente de soldados, marinos y aviadores comprometidos en cuerpo y alma con la República. Por ellos y para ellos, la Patria no se humillaría ante un invasor extranjero. Mucho menos si procedente de una república tiránica y empobrecida, consumida en el fuego devastador de la fiebre castrocomunista. Rómulo Betancourt derrotó a Fidel Castro en el terreno político, en el terreno militar y en el terreno diplomático. El odio contra Venezuela adquiriría en él dimensiones homéricas.

Sin disparar un solo tiro ni poner un solo soldado cubano en suelo venezolano, cuatro décadas después Fidel Castro vería satisfechas sus ansias de posesión y cumplidos sus deseos de humillar, devastar y saquear a nuestra Patria como si fuera territorio vencido. Y poner de rodillas a sus soldados, líderes y dirigentes, hombres y mujeres como si hubiera sido una tierra arrasada en el campo de batalla por un feroz ejército invasor. 

Escribí según el relato de uno de esos guerrilleros derrotados en el campo de batalla – el comandante Héctor Pérez Marcano - los hechos de la segunda parte de esa invasión, la de Machurucuto – La invasión de Cuba a Venezuela - dando suficientes elementos de juicio para intentar comprender los hechos y sus consecuencias, las causas, motivaciones y su desenlace. Al hacerlo, quise comprender las razones que habían llevado a un hombre vulgar, sin mayores atributos y sin valores excepcionales, mediocre y sin genialidad estratégica alguna, así como, desde luego, sin los menores escrúpulos ni patriotismo de ninguna naturaleza a quebrarle el espinazo al Estado venezolano, a poner de rodillas a sus fuerzas armadas, a engañar y seducir a su pueblo a extremos verdaderamente insoportables, a castrar todo ímpetu liberador de su clase política y a rendirse en todos los planos con alma, corazón y vida al tirano cubano. Al extremo de que Venezuela dejó de ser la República que fuera para convertirse en una vergonzosa satrapía, sin voluntad ni destino.

Desde luego, un accidente histórico tan monstruoso y de tamaña envergadura, sucedido a vista y paciencia de todos los poderes fácticos venezolanos y latinoamericanos, en la apatía y el absoluto silencio de la comunidad democrática internacional, no tiene otra explicación que la insólita pérdida de identidad de una Nación desorientada y a la deriva, la grave crisis de todo orden que sacude a Occidente, la pérdida de solidaridad ante el sufrimiento de un pueblo sometido a la humillación, la persecución y el escarnio y el descarado oportunismo que acosa a las principales potencias y a la comunidad histórica de América Latina. Asistir al hundimiento de la democracia venezolana, a la profunda corrupción de sus élites, al extravío moral de sus hombres y mujeres, a la incuria de sus autoridades y la perversión de sus ejércitos, aprovechando de paso para extraer beneficio de tan insólita tragedia, da cuenta de que la tragedia venezolana no sucede por azar ni será superada con un simple acto electoral.

Machurucuto, la ofensa a la dignidad nacional que hoy recordamos, abrió las puertas a una catástrofe. Estamos muy lejos de haberla superado. Dios nos ayude a lograrlo.