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18 de febrero de 2016

“El pendejo transitorio” , por Ibsen Martínez, EL PAÍS, España / DolarToday /pararescatarelporvenir.blogspot.com 18 de febrero de 2016

¡IMPERDIBLE! El explosivo artículo de Ibsen Martínez que se hace viral en las redes: “El pendejo transitorio”
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DolarToday / Feb 17, 2016 @ 5:00 pm
Si Chávez creyó que con Maduro su legado estaría a buen recaudo, se equivocó del todo
Ibsen Martínez / @IBSENMARTÍNEZ / El País
Las crisis políticas venezolanas del último siglo y medio infaltablemente han llevado a los bandos en pugna a acordar un último recurso: dar con un pendejo transitorio.
Incognoscibles leyes de composición social hacen que, ante cualquier impasse tercamente insoluble, de esos en los que nadie puede sacar decisiva ventaja a corto plazo, los bandos en discordia no se decanten jamás en Venezuela por una tregua, seguida de un pacto de buena fe en torno a un programa mínimo de reformas, ejecutables en un plazo aceptable para todos, a ver si en el camino, entre mulas y arrieros, se enderezan las cargas.
¡No!; la solución venezolana por excelencia (que al cabo resulta no ser en absoluto una solución) está en hallar una cruza entre el pararrayos y el chivo expiatorio, criatura que mi modesta politología caribeña ha llamado “el pendejo transitorio”. La subespecie prevaleciente es la del papanatas designado para cuidar el “coroto”.
Venezolanos y colombianos compartimos esa voz —“coroto”—, que nombra indistintamente tanto los objetos de uso personal como los enseres, mobiliario y hasta la decoración de una casa. En mi país, “coroto” nombra también la silla presidencial. Misión típica del pendejo transitorio de primera especie es mantener tibiecito el coroto bajo sus posaderas hasta que el jefe regrese por ejemplo, de un postoperatorio en Cuba.
Este tipo de subpendejo, sin embargo, puede defraudar la confianza de quien lo designa. El dictador Antonio Guzmán Blanco (1809-1899), se aficionó a gobernar telegráficamente desde el París del Segundo Imperio, para lo cual se servía de un cable submarino tendido entre Marsella y el pintoresco puerto oriental de Carúpano. Aunque se preciaba de buen juicio al escoger sus pendejos, Guzmán fue desconocido arteramente, ¡y más de una vez!, por pendejos que se alzaban con el coroto y lo forzaban a dejar las delicias del París de Napoleón III y venir a poner orden en el fandango. La cosa siempre terminaba a tiros.
Otra variedad de pendejo transitorio es aquella que gesticula como si presidiese con soberanía y pulso firme una tortuosa pero ineludible transición entre bandos irreconciliables para evitar un inútil derramamiento de sangre. Una de las mejores novelas venezolanas escritas en lo que va de siglo, El pasajero de Truman, de Francisco Suniaga, narra la desventura del doctor Diógenes Escalante, embajador venezolano en Washington que terminó su carrera pública como “candidato unitario”, aprobado en 1945 tanto por la cúpula militar gobernante del General Medina Angarita como por el emergente partido socialdemócrata Acción Democrática. Un brote sicótico, diagnosticado la mismísima mañana en que Escalante habría de entrevistarse con el general Medina, lo incapacitó para siempre como pendejo transitorio y precipitó un sangriento golpe militar.
Quién sabe qué vería Hugo Chávez en Nicolás Maduro cuando lo designó sucesor y partió a hacerse destazar por oncólogos del G2 en La Habana. Quizá pensaba regresar a Miraflores al cabo de pocos meses y que era mejor dejar a Maduro y no a Diosdado Cabello cuidar del coroto. Si creyó que, por ser Maduro el más aplatanado de los suyos, su legado estaría a buen recaudo, se equivocó de medio a medio.
Maduro es, de lejos, el hombre indicado para decretar una amnistía general de presos políticos, dejar flotar el dólar, elevar el precio de la gasolina, ordenar una misión urgente ante el FMI, acordar condiciones para su exilio antes de renunciar y adelantar las elecciones presidenciales. Esto lo convertiría, en efecto, en un reverendísimo pendejo transitorio.
Pero Venezuela toda, tanto la chavista como la opositora, le estaría clamorosa y eternamente agradecida.



6 de octubre de 2015

FARC, Chávez y la teología bolivariana, por Ibsen Martínez, El País -Internacional- 5 de octubre de 2015



FARC, Chávez y la teología bolivariana

Uno de los delirios inconclusos de Bolívar fue la Gran Colombia, un inviable experimento




La Vulgata del culto a la memoria de Bolívar —algo que comenzó poco después de su muerte en 1830— brinda imágenes semejantes a una Historia Sagrada narrada en clave de cómic. El cómic de un superhéroe predestinado, se entiende.
Bolívar amamantado por una nodriza esclava a quien el Héroe nunca desamparó porque no era racista; Bolívar, señorito, juega a la pelota con el futuro Fernando VII en un frontón del Madrid de Carlos IV y le tumba el gorro de un pelotazo; Bolívar jacobino, rijoso y ligón en París, aborrece a Bonaparte cuando éste se corona Emperador. Y así, hasta llegar al capítulo titulado Última proclama y muerte, acaecida no sin antes exclamar, decepcionado, que “Jesucristo, Don Quijote y yo hemos sido los tres grandes majaderos de este mundo” y aquello de “he arado en el mar”.

Nadie en Hispanoamérica ha denunciado el culto a Bolívar tan lúcidamente como el venezolano Luis Castro Leiva
Nadie en Hispanoamérica ha denunciado el culto a Bolívar tan lúcidamente como el venezolano Luis Castro Leiva. Lo delató no sólo como martingala autoritaria y militarista, sino también como el misticismo moral que ha envenenado durante casi dos siglos nuestra idea de la república, de la política y del ciudadano. Según Castro Leiva, el bolivarianismo es un historicismo de la peor especie que entraña una moral inhumana e impracticable y, por ello mismo, tremendamente corruptora de la vida republicana. En su libro De la Patria Boba a la Teología Bolivariana, Castro Leiva mostró cómo la biografía ejemplar de Simón Bolívar ha sido la única filosofía política que los venezolanos hemos sido capaces de discurrir en toda nuestra vida independiente. Esa “filosofía” no es, según él, más que una perversa “escatología ambigua” que sólo ha servido para alentar el uso político del pasado. “Escatología” está aquí no en relación con lo excrementicio sino en la primera acepción que ofrece el DRAE: “Conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba”.

Según esta doctrina que es también moralina, Bolívar nos mira y nos juzga y nos reclama desde dondequiera que pueda estar ahora
Según esta doctrina que es también moralina, Bolívar nos mira y nos juzga y nos reclama desde dondequiera que pueda estar ahora, quizá departiendo con el Che Guevara, en el exclusivo VIP del ultramundo reservado a los salvadores narcisistas y sanguinarios. Según el culto, los venezolanos somos hijos suyos, estamos en deuda con el gran hombre que nos zafó de España y tenemos el deber de dar cima a “la obra que Bolívar dejó inconclusa”.
Una de sus delirios inconclusos fue la Gran Colombia, un mostrenco e inviable experimento de régimen mitad virreinal, mitad republicano y federativo, que quiso hacer de las actuales Colombia, Ecuador y Venezuela un solo país. Duró solo 12 años y no sobrevivió a la dictadura final de Bolívar. Castro Leiva dijo de ella que fue “una ilusión ilustrada”. Yo, caraqueño expatriado en Bogotá, añadiré que fue lo que en el Caribe se conoce como un “arroz con mango” hispánicamente cainita.

Chávez, oficiante mayor del culto, soñó con restaurar una Gran Colombia donde él, ¡no faltaba más!, haría las veces de Bolívar
Chávez, oficiante mayor del culto, soñó con restaurar una Gran Colombia donde él, ¡no faltaba más!, haría las veces de Bolívar. Contaba con ver a sus admiradas y consentidas FARC atando sus caballos a las puertas de la Casa de Nariño. De allí su apoyo irrestricto, la petrochequera puesta a la orden del Secretariado de las FARC y las bravatas guerreristas a la muerte de Raúl Reyes. De ahí el avión de Petróleos de Venezuela que llevó a Timoleón Jiménez, Timochenko, a La Habana para acordar con Juan Manuel Santos el fin de la guerra.Dondequiera que ande ahora el Bolívar zambo de Sabaneta debe estar pensando: “He arado en el mar”.